Politica

Corruptelas y malos hábitos de antiguo arraigo en el mundo de la política:los personalismos absorbentes, los favoritismos espurios, el clientelismo desembozado, la preferencia por las horas de comité antes que por los méritos personales y el usufructuo de recursos de origen siempre ignoto, por mencionar sólo algunos de los factores que enturbian, a menudo, la vida de los partidos.
En la medida en que afiancemos los lazos morales que vinculan a los miembros del grupo familiar y logremos multiplicar los canales de comunicación entre padres e hijos, tantas veces obturados por el peso irracional de los prejuicios, los miedos y los falsos pudores, iremos creando las condiciones para afrontar los desafíos del futuro sobre bases estables y duraderas.
Es imprescindible tener en cuenta que la etapa inicial en la formación de toda persona se produce en el hogar, en el seno de la familia.
La infancia es el período en el que se captan por primera vez los valores, se sigue el ejemplo de los mayores y se inician las prácticas que luego caracterizarán una conducta.
La noción primera del bien y del mal se forma en los años frágiles de la niñez: en esos tramos de la vida se determinan los caminos del posterior comportamiento moral.Ningún valor ético escapa de la experiencia infantil dentro del hogar.
El colegio, la vida, la convivencia con ambientes diversos, completarán más tarde, con sus enseñanzas y sus exigencias, el perfil individual de cada persona el amor pleno y maduro entre varón y mujer es un amor en el cual a la atracción física y al sentimiento (aspecto pasivo del amor) se suma el amor voluntario (aspecto activo); esto es, el empeño voluntario constante y perseverante de buscar el bien del otro y hacerle la vida agradable.
Con la acción y las obras del amor voluntario se pueden cultivar el sentimiento y realizar proyectos familiares. objetivos de amor voluntario y sus respectivos planes de acción pueden ser, por ejemplo, los siguientes:

1
-Hacer posible la comunicación familiarLa vida conyugal exige tiempo compartido. La calidad de tiempo exige un mínimo de cantidad de tiempotiempo para poder trasmitir, con transparencia y sinceridad, sentimientos y pensamientos que las urgencias cotidianas muchas veces impiden compartir y conocer.

2
-Vivir el respeto en el lenguaje verbal y no verbal; respeto de palabra y de gestos, siendo menos impulsivos, cuidando los tonos y las palabras, evitando los insultos y las actitudes despreciativas como la falta de atención o la indiferencia, y las correcciones o críticas frente a amigos o familiares. ; evitar las cuestiones que desgastan; por ejemplo, no sacar constantemente la lista de agravios y no iniciar discusiones por temas triviales

3
-Cuidar los pequeños detalles diarios de la convivenciaLa vida en familia se compone en cambio de pequeñas cosas. La clave de una buena vida familiar está pues en el esfuerzo que se pone por vivir bien esos pequeños detalles diarios de la convivencia. Es ahí donde las relaciones se van cultivando o, por el contrario, desgastando

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Generar buenos recuerdos y hacer reconocimientosEl amor varón-mujer maduro es un fenómeno integral e integrado respecto de todos los dinamismos de la persona. ¡No somos ángeles, sino personas! Luego, la afectividad, que tiene un papel protagónico y espontáneo en la etapa inicial del proceso amoroso, debe ser también cuidado y alimentado a lo largo de toda la vida conyugal.

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Saberse "llevar" y "no absorberse". Ninguna pareja es perfecta desde el punto de vista de la identidad de gustos y estilos. Sexos, temperamentos y educaciones diversos exigen siempre un esfuerzo de adaptación para el que resulta clave conocer al cónyuge, sus fortalezas y debilidades. Esto permitirá evitar reacciones propias de cada personalidad, hacer cosas que desagradan o esperar conductas que nunca llegarán. En la vida conyugal es bueno que exista entre los cónyuges cierto aire que permita el desarrollo de lo propio, evitando los matrimonios "mochila" en el que uno de los cónyuges se resigna a vivir los gustos, el deporte y las amistades del otro.

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Consensuar criterios y valores para la educación. En materia de educación es fundamental la unidad de criterio de los padres, por ejemplo en relación con la hora de regreso a casa en las salidas, posibles penitencias y estímulos, promoción de los hábitos que el niño o adolescente más necesite desarrollar conforme a su edad: sinceridad, generosidad, orden, laboriosidad, compromiso, dominio de sí.

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Plantearse límites al trabajo profesional. Las exigencias del trabajo profesional y de la vida familiar lamentablemente constituyen hoy un rompecabezas cuyo armado exige un gran esfuerzo.

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Estar más tiempo con los hijos. La calidad del tiempo exige un mínimo de cantidad de tiempo, ya que de lo contrario es muy difícil ver lo que el chico hace, no hace o dice, que constituye la materia sobre la cual se educa.

9
Conocer a cada hijo. Un criterio básico en la educación es la desigualdad para educarlo conforme a su personalidad, sexo y edad, y para ayudarlo a crecer en la línea de lo propio de su identidad y vocación

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Contar con Dios. Para un cónyuge y padre de familia creyente, no contar con Dios es una insensatez y un acto de autosuficiencia. Dios pone siempre el incremento donde no llega el esfuerzo del amor voluntario de cónyuges y padres. Muchas veces las familias y los colegios ven que sus acciones educativas son desplazadas por fuerzas externas, más o menos anónimas, que parecerían tener sobre sus hijos y alumnos mayor peso, influencia y autoridad.
A padres y docentes nos asalta con frecuencia el temor de que lo que vamos construyendo trabajosamente es ignorado o destruido en segundos por agentes extraños Alterados, entre otras razones por este estado de desesperanza y desconfianza, estas dos instituciones (familia y colegio) suelen caer en la trampa de enfrentarse y al mismo tiempo elaborar un discurso común de condena y compartir una misma sensación de impotencia y desvalorización. Esto lleva a un desgaste donde, por una parte, se observa una abdicación de la autoridad y del rol propio de la familia en favor de los colegios, revistiéndolos de una misión casi redentora y poniendo en ellos expectativas que sobrepasan sus finalidades propias.
Es una suerte de educación llave en mano: "Bien, estamos de acuerdo con el proyecto y con los tiempos. Avísennos cuando esté listo". Tal abdicación, lejos de fortalecer la autoridad escolar, la deja sin respaldo y, más grave aún, genera un campo de mutuos reproches, donde el hijo-alumno es espectador y víctima.nos quedan estas alternativas:

1) Renunciar (algunos lo hacen, aun como padres).

2) Refugiarse en una autoridad formal, extrínseca, tan erudita como vacía, que se contenta con un entrenamiento de los chicos en ciertas habilidades académicas y de domesticación, alcanzando incluso niveles exitosos a los que eufemísticamente llamamos "excelencia".

3) Mimetizarse con el medio con el fin de no sentirse ajenos al mundo de los adolescentes y así ganar, si bien no influencia ni autoridad, por lo menos cierta complacencia y comprensión (otra forma de renuncia).¿no será que educar es otra cosa? La acción educativa puede estar dirigida al exterior del hombre (lo que debe saber decir o hacer) o al centro más íntimo de la persona (lo que está llamado a ser). Sólo la acción dirigida al ser es verdadera acción educativa. Lo otro es informar (saber decir) o entrenar (saber hacer).
Educar en el decir y en el hacer supone un esfuerzo desgastante para lograr estampar valores que durarán poco más que lo que dure nuestra presencia o a lo sumo nuestro recuerdo: ésta puede ser una de las razones del stress y abatimiento que a veces aqueja a los educadores. No fortalecemos el corazón, el centro más íntimo de nuestros hijos y alumnos: sólo los proveemos de un marcapaso.
La tensión es permanente y no se puede sostener mucho tiempoLa única manera de educar es posibilitar el encuentro del chico con los valores. Porque educar no es empujar hacia, sino atraer desde. Atraer desde el valor que se hace presencia en la persona del padre y del maestro.
Aquí no es el educador el que sostiene los valores, sino que éstos lo mantienen a él, lo sostienen y fortalecen. El lugar donde se realiza el encuentro es el ser profundo del otro, su interioridad. Por ello su corazón palpitará con una vida propia y verdaderamente libre.
El escritor y pensador C. S. Lewis señaló hace algunas décadas que "la misión del educador moderno no es desmontar junglas, sino irrigar desiertos", y pocos años atrás el papa Juan Pablo II clamaba: "La juventud no está muerta... Está adormecida". Para despertarla se necesita que nuestras voces y testimonios sean con-cordes, es decir, que estén unidos por un mismo corazón, fortalecido en el diálogo permanente, la presencia generosa y la confianza en la fuerza propia del bien. Así, educar podrá tener la dificultad de un desafío, pero no la de un imposible. No alcanza el hecho biológico de la procreación para ser padre; es necesario el acto de reconocimiento afectivo para que la paternidad sea constructiva.
Tener un hijo es un hecho trascendente que ni siquiera se modifica por la llegada de otro hijo, porque no se sustituye, ni se reemplaza, ni se olvida. Cada uno ocupa un lugar particular, diferenciado del otro.Esta trascendencia convierte el vínculo en indisoluble porque nunca podrá desentenderse desde la responsabilidad, ni desligarse desde lo biológico. Pero significa, además, que ese hijo está designado para trascenderlo, en tanto es el padre el que lo introduce en la cultura y lo convierte en el protagonista de su propio destino. Esto es vivido como un desafío por el padre, que no puede dejar de involucrarse desde todo su ser. Desde la identidad porque necesita un sucesor; desde el amor por la felicidad que le causa, y se proyecta en el hijo con la esperanza de que éste lo colme en todas sus expectativas.
El entrecruzamiento de estas situaciones es lo que convierte a la paternidad y a la filiación en un abanico de posibilidades en las que no hay un saber único, ya que en la continuidad de la ejercitación de la función se aprende a ser padre.Los quiero llevar a imaginar una escena con cuatro situaciones: lo que el padre espera del hijo, el padre mismo, lo que el hijo espera del padre, el hijo mismo. No es raro que los diálogos entre ellos se asemejen a la torre de Babel; en algunos momentos sólo se escuchará un monólogo, y en otros pelean, discuten, lloran, ceden, concilian, son cómplices, rivalizan, confrontan o están en silencio, que es otra forma de significar la relación.
En estas cuatro situaciones están en juego los ideales y la naturaleza de cada uno de los integrantes, ninguno de los dos debe avasallar al otro porque provocaría la ruptura del proceso de crecimiento. ¿Qué entiendo por ruptura? Se me ocurre transcribir fragmentos de la "Carta al padre", de Franz Kafka. Querido padre: no hace mucho me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestarte; en parte, precisamente, por el miedo que te tengo; en parte porque en la explicación de dicho miedo intervienen demasiados pormenores para poder exponerlos con mediana consistencia. Naturalmente no digo que haya llegado a ser lo que soy únicamente por tu influjo... Es muy posible que, aunque hubiese crecido completamente libre de tu influencia, tampoco podría haber llegado a ser la persona que tú habías deseado.
Probablemente me habría convertido a pesar de todo en un ser débil, medroso, vacilante, inquieto... Habría sido feliz de tenerte como jefe, como tío, como abuelo e incluso como suegro. Sólo como padre has sido demasiado fuerte para mí".Un hijo nos abre a nuevas y múltiples situaciones emocionales, que incluyen el amor, el dolor, la desesperación, la ilusión, el temor, la angustia, la desconfianza, el desconcierto y la incertidumbre. Por eso lo compromete interrogarse: "¿Qué tipo de padre estoy siendo ahora?" Me interesa describir algunos estilos de paternidad que he visto en mi consulta.

El padre sobreprotector:
se sacrifica en extremo para que a su hijo no le falte nada, cubre hasta las supuestas necesidades, no deja que se equivoque dentro de lo razonable, siempre encuentra una justificación para intervenir en su deseo. No cree que él esté en condiciones de tomar decisiones. ¿De qué se queja después este padre? "Mi hijo es un inútil, no va a crecer más. No tiene responsabilidad, se olvida de todo. ¿Qué va a ser de él cuando yo no esté?"

El padre autoritario:
él es la institución. Su palabra es ley. Se irrita con facilidad si se lo contradice, infunde temor y si es necesario castiga duramente. Suele tener conductas egoístas encubiertas a través del deber. Los derechos los tiene sólo él, es omnipotente, trata de encubrir en lo formal de la paternidad sus flaquezas. Anula el carácter del hijo, lo humilla y lo convierte en un ser débil. ¿De qué se queja después este padre? "Mi hijo no sirve para nada, se enferma, busca la alianza con su madre. Es cobarde, no enfrenta la vida, no responde a mis preguntas, me evita."

El padre narcisista:
es el que no envejece nunca, no cede la juventud. Tiene los mismos emblemas que su hijo, los mismos hobbies, la misma ropa y a veces las mismas mujeres. Su cuerpo no puede envejecer, es hedonista, necesita ser el centro y tener los atributos del éxito. ¿De qué se queja después este padre? "Mi hijo anda vestido como un reo, mi hijo no existe, es un underground, es un apático y no tiene amigos, o se junta con bichos raros."

El padre espectador:
es un padre pasivo, espera que la madre le entregue la obra realizada de un hijo maduro y responsable. No le gusta intervenir y menos en las decisiones, usa como interlocutora a la madre, es un padre cómodo, que no se involucra. Se escuda en la división de roles: él se ocupa de ganar el sustento económico y esto lo disculpa de cualquier otra responsabilidad. La madre es la que educa los hijos y es a la que se le recrimina. Del hijo habla en tercera persona. ¿De qué se queja después este padre? "Decile a tu hijo que se levante, decile a tu hijo que coma bien. A mí no me preguntes, preguntale a tu madre, yo no estoy enterado." "Yo me llevo bien con mi mujer, pero con mis hijos no me entiendo."

El padre hijo:
es el padre que pone la fuerza del vínculo en sus propios padres y no en el hijo; él es más hijo de su padre que padre de su hijo. Es el jugador suplente de la paternidad y espera la desaparición de su padre para pasar a ser el titular, porque hay un solo padre y ése es el suyo. Es el padre culpógeno que es consciente, que no alcanza a cubrir su función, y desea hacerlo pero posterga el momento. Es el padre en espera. ¿De qué se queja después este padre? Es el padre del autorreproche, aunque no lo verbalice. Sabe que no alcanza y se culpa. Pregunta, pero no actúa. El diálogo lo mantiene con su padre y no con su propio hijo.

El padre huérfano:
éste fue un hijo sufrido porque por algún motivo fue privado del vínculo con su propio padre; entonces la ejercitación del rol pasa por el ideal; el hijo debe estar agradecido de tener un padre porque él no lo tuvo y ésta es la premisa más importante. Está interesado en ejercer su paternidad, pero no puede incluir el afecto en el trato porque lo remite a la tristeza de la soledad de su infancia. Esto lo convierte en una persona dura. Otras veces este padre obra desde su carencia, no soporta que a su hijo le falte algo, lo malcría dándole lo que él no tuvo. Entonces, el hijo no tiene límites, es caprichoso. ¿De qué se queja después este padre? El padre sufrido se nombra a sí mismo: "¡Yo soy tu padre y me debes respeto!" Como no recibió, no sabe cómo dar: lo angustia la demanda del hijo y dice: "Yo tuve menos y estaba contento". El padre carenciado derrocha: "Te doy todo y si te querés llevar más..." "Mi hijo no tiene límites, no sé qué hacer."

El padre suficientemente bueno:
es aquel que hace de la función paterna un acto creativo. Un acto genuino en el que se juega en su hacer, porque es el que separa y ordena la relación madre-hijo. Aunque temeroso, asume todos los riesgos que implica formar un hijo. Transita con serenidad los avatares de la crianza, es consciente de que no lo sabe todo, que se equivoca y puede reparar. Es el padre que sin brillo puede dar pruebas de que posee la carta del triunfo porque instala la ley y la cultura. Corre al hijo del ser de la madre y le dona la capacidad de tener su propia identidad, lo ayuda a liberarse de las ataduras primordiales y logra que su hijo adquiera una identidad suficientemente heterosexual. El vínculo del padre real, por no ser incondicional como el materno, está constituido por derechos y deberes que el hijo va adquiriendo. Y en este transitar va conformando su conciencia moral. Esto asegura la transmisión de la ley y la cultura de generación en generación.
Un padre suficientemente bueno, ¿se queja? No, porque guarda en su interior la capacidad de recrear el presente mediante el humor, los juegos, la complicidad y la capacidad de aceptar los desaciertos sin perder el sentido de su proyecto. A través de la trascendencia que da la vida de un hijo participa en la transformación de la sociedad y perdura.la etimología de la palabra educar: proviene del latín educere, que significa "sacar de adentro". Tiene también una segunda acepción, no tan conocida como la primera: acompañar en el camino. Ahí está resumida nuestra misión de padres: facilitar todos los medios para que nuestros hijos puedan extraer de adentro todas sus potencialidades, tanto en lo intelectual como en lo espiritual, social, afectivo, en lo físico, etc. Pero la segunda acepción nos ofrece el marco en el que debemos hacerlo: acompañándolos en el camino; y en ese acompañamiento, exigencia y cariño nos ofrecen los medios para que se pueda llegar con éxito al final.No puede haber cariño sin exigencia... ni exigencia sin cariño. Ambos elementos deben fusionarse, fundirse como si fueran una misma cosa indivisible en sí misma.
Porque en los hechos, si verdaderamente amamos a nuestros hijos, sabemos que necesitamos exigir para que el proceso educativo pueda desarrollarse y dar frutos.
Pero, ¿qué significa exigir? Es pedir una cosa o algún requisito. ¿Qué cosas y qué requisitos? Los que como padres sabemos que deberán darse para que puedan crecer y desarrollarse como personas, adquirir virtudes, aprender a amar, a convivir, a discernir principios y valores. Sabemos bien que esto en general no se aprende por ósmosis, sino que requiere de la formación de la voluntad, de aprender de éxitos y fracasos y de poder orientar la vida a concretar un sentido que nos alcance la felicidad. Como padres debemos estar convencidos de que el único modo en que podemos exigir es con cariño, para que la exigencia dé sus frutos. Cariño con los hijos la mayoría de las veces significa amabilidad, porque la amabilidad que les manifestamos es resultado directo del amor que les tenemos. El amor es la causa. Exigencia y cariño deben ir unidos a la hora de tener que poner límites, fomentar las propias capacidades, saber pedir perdón, orientar hacia las virtudes, el respeto y las normas de educación, convivencia social y familiar, etc. ¿Cuándo obtendremos la mejor respuesta de nuestros hijos? Cuando perciban que la primera exigencia para el logro de estos objetivos la tenemos con nosotros mismos. Somos los padres los que les hacemos por medio de nuestra lucha por la vida, con aciertos y errores, la necesidad de la exigencia y la tensión vital para vivir en el amor que realmente vale la pena. El hombre no nace, se hace. Se hace con aquello que sí nace, esa textura genética que lo configura y que no es más que materia prima. El hombre es la modelación de sí mismo.
Escultor y escultura. Miguel Angel esculpe piedras, mármoles. Pero la vida de Miguel Angel, en sí, es una obra que nunca termina de modelarse. Eso somos. Porque somos entre otros. Nacemos y ahí están los otros. Yo soy el otro de otro. Inter-actuamos, inter-crecemos, inter-venimos. Por más que uno se proponga, como tantos posmodernos declaran con aire de grandeza redentora, no intervenir en la vida de los hijos, en el mero hecho de estar junto a ellos y de ser percibido ya se está interviniendo. No es necesario siquiera que le hable, ya está influyendo por medio de sus otros diálogos. Estamos, somos, influimos, los unos sobre los otros.
La mínima verdad enseña que se nace y se crece a la sombra de otros que ahí están con nosotros, antes que nosotros. Nuestros hijos, los actuales jóvenes advinieron, como todas las generaciones, a un mundo que -para seguir con Faulkner- es un amplio bastidor de valores y de modelos. Y cuando quisieron ensayar el propio dibujo terminaron haciendo, por cierto, el dibujo ajeno, el aprendido de padres, calle, televisión, políticos, los otros, todos los otros. La pregunta por tanto, para ir al grano , no es: ¿Viste cómo es la juventud actual? -con supina admiración e inocencia-. Sino: ¿Viste lo que hicimos, nosotros, todos los otros que somos nos, para que la juventud actual sea como es?

Qué hacer

La sociedad, la totalidad de los otros, así la cinceló, y así salió. El tema no es para llorar ni para fustigarse el pecho con gemibunda mea culpa. No. El tema es preguntarse qué hacer para que los jóvenes no sean como son.Valores. Palabra que nos inunda por todos los resquicios de la realidad, cuando ésta amenaza con vagos naufragios. Valores. Y se habla de valores. Y eso es lo primero que hay que dejar de hacer: hablar. Tiempo es de modelar valores. Los valores existen sólo y tan sólo en las acciones, y éstas no necesitan de palabras. La Madre Teresa nunca, creo, dio lecciones de axiología (ciencia de los valores).
Dio, sí, lecciones de vida. En cada uno de sus actos y en todas las horas de su día. A nadie se le pide que sea de la altura espiritual del modelo citado. Pero sí se le pide que sepa que, quiéralo o no, está modelando.
En el doble sentido del término:
a) es un modelo de vida que se muestra a los otros y, en particular y con especial influencia, a los jóvenes;
b) ese modelo -positivo o negativo- al influir, está modelando, dando forma, a otras vidas. A los padres suelo decirles: -Todo programa de televisión que usted considere inadecuado para sus hijos, ante todo deje de verlo usted. Así de sencillo. Eso es un modelo. A nadie se le pide que cruce los Andes a caballo. Los valores formadores del bien no radican ni en la grandilocuencia ni en cúspides inaccesibles. Aparecen en la vida cotidiana de cada cual. Su vida de esfuerzo, trabajo, constancia, disciplina, es un modelo. Eso educa. Si sugiere que lo mismo da estudiar que no estudiar, o que repetir el año no es nada trágico, también educa, pero hacia el lado opuesto, el negativo. Y estacionar frente al cartel que lo prohíbe, también educa.
Si usted lee un libro, usted educa. Si llora de dicha o de rabia porque Boca salió campeón también educa. Usted no lo sabía: usted siempre educa, siempre, implacablemente siempre. Sugiero que abandonemos las grandes teorías, y las trasnochadas polémicas. Hay que empezar por casa. Ejercitarse. Aerobismo de valores.
Por ejemplo, quedarse un fin de semana en casa y demostrar-se y mostrar que también en casa uno puede disfrutar del ocio, con los otros, sin recurrir a diversiones envasadas. Sé que es mucho pedir, pero por algo hay que empezar. Podría inventar más ejemplos, pero no debo abusarme del lector y no provocar su enojo. Sugiero solamente que éstos no son tiempos de heroísmos gloriosos. El heroísmo, hoy, es de todos los días, de todos los hombres. Todos somos, para bien o para mal, modelos de valores. Es el significado de la democracia.
Es cierto que en Brasil no me consultaron acerca de la devaluación y tampoco a usted le preguntaron si hay que fomentar o no el odio al extranjero en nuestro país.
Resígnese. Aspiremos, como decía Pindaro, "al campo de lo posible". Y educar con ejemplos de valores positivos es posible , y ahí el protagonista es usted, yo, nosotros. Puesto que la familia actúa desde abajo, desde lo cotidiano, y que el contacto entre las personas es sin duda el ámbito adecuado para ese aprendizaje, debe fortalecerse para ser la raíz sana de donde brote la nueva vida para cada sociedad. La familia, esta pequeña sociedad natural, consiste en sí misma en la apertura al "otro", alguien igual a mí pero distinto, por sexo, temperamento, edad, gustos, intereses. La primera diferencia es la sexual, fundamento de esta especial modalidad de vida humana: la vida familiar. Aquí la evidencia biológica de que sólo la unión de los dos sexos produce nueva vida nos sirve como metáfora: en el ser humano lo fecundo y lo fecundante es su apertura al otro. La unión fértil de los dos sexos es preludio de otras capacidades de aceptación de "lo otro". Un autor contemporáneo, E. Lévinas, afirma que, para el varón, la femineidad representa "la cualidad misma de la diferencia", y añade que "esta noción debería hacer posible la idea de la pareja como algo distinto de toda dualidad puramente numérica, la noción de socialidad entre dos". En el amor no sólo sentimos la presencia del otro como ayuda semejante para la plenitud, sino que también descubrimos en nosotros las abundancias que responden a las necesidades del otro: ésta es la dimensión del don, de lo generoso y de lo gratuito, que enriquece tanto al que recibe como al que da.

Problema cultural

La afirmación precedente es necesaria por dos razones. La primera es que nuestra cultura es más bien una cultura del reclamo de los propios derechos y no del reconocimiento de las obligaciones frente al otro, y esto es expresión de una creciente mentalidad individualista, en la cual el trato con los demás está caracterizado por lo contractual; es decir, por las prestaciones recíprocas. La segunda razón es que, además de la atracción recíproca del hombre y de la mujer, existe -¡vaya si existe!- también la evidencia de la recíproca "ajenidad" del uno frente al otro, con el consecuente rechazo provocado por actitudes incomprensibles, tiempos de reacción absurdos, manifestaciones afectivas delirantes o ausentes, urgencias comunicativas o silencios obstinados... Dos mundos que chocan irremediablemente. ¡Qué sería de la unión conyugal si sólo contara lo instintivo! Hasta se podría afirmar que el machismo y el feminismo, con sus correlatos de chistes, no son más que manifestaciones de esa incompatibilidad ancestral. Manifestaciones por cierto no simétricas. En cambio, el reconocimiento y la aceptación de las necesidades del otro, integrados en un proyecto plenamente humano de amor y generosidad y condimentados con las habilidades y el humor necesarios, hacen no sólo posible sino también altamente provechoso ese encuentro de las dos mitades del universo humano. De ese encuentro nace la nueva vida.

El lugar más apropiado

La vida humana en sus etapas iniciales necesita protección; es decir, necesita de alguien que se haga cargo de las necesidades fundamentales de quien depende totalmente del cuidado del otro. Por eso el lugar más apropiado para la vida naciente es la familia. En la paternidad y la maternidad, el aprendizaje de hacerse cargo del hijo es favorecido por el amor, la ternura y el deslumbramiento ante esa nueva vida que va abriéndose camino.Pero esta experiencia fuerte del valor de la vida del otro, aun antes de nacer, sensibiliza también hacia las necesidades de todos los seres humanos en crecimiento, para permitir el desarrollo de cada persona en el respeto de sus modalidades temperamentales, de sus potencialidades implícitas, de sus intereses vitales. La familia es, además, el lugar de encuentro con el hermano, alguien igual a mí pero diferente.
Es aquí donde, como dice F. D'Agostino, entran en conflicto la libertad y la igualdad, haciendo indispensable la mediación de los padres para transformar constantemente la rivalidad incipiente en reciprocidad. Un posterior aprendizaje importantísimo que tiene lugar en la vida familiar, la capacidad de integrar las generaciones, es más fácil a través del afecto y de lo que constituye la historia de las identidades. Cada uno de nosotros es resultante de una larga cadena de vidas personales entrelazadas, cada una de ellas importante y digna de ser respetada.
Hasta en los casos más negativos habrá que aprender a agradecer por lo menos el don de la vida, para quedar libres de eventuales rencores retrospectivos. Tanto el proyecto de amor conyugal como el amor paterno y materno, la valoración de la vida por nacer, el aprendizaje del amor al hermano, el respeto a los ancianos y a los enfermos se fundan en el amor incondicionado del otro El respeto a los derechos humanos comienza con el reconocimiento de que ser humano implica en primer lugar obligación frente a los demás hombres. El verdadero interés por el hombre real, el ser humano como ser personal va acompañado, dice S. Weil, por el reconocimiento a la obligación de cada persona hacia el ser humano en cuanto tal, no fundada en ninguna situación de hecho ni condición social o cultural, o convención alguna. Con la propia experiencia a cuestas y después de hablar con muchos padres, y sobre todo de verlos actuar frente a sus hijos, uno no puede menos de convenir que educar hoy es una tarea difícil. Especialmente se observan incertidumbres, dudas y una gran confusión. Todos buscan desesperadamente una receta superadora de las teorías que estuvieron en boga en tiempos pasados. Ocurre que hasta principios de los años sesenta se sabía que el modelo que los niños miraban eran sus padres. El diálogo no importaba demasiado: el ejemplo era lo determinante. Así como era el padre, así sería el hijo. La educación era rígida, de mano dura. Había temas sobre los cuales no se podía hablar: el sexo, el suicidio, la propia intimidad... Una mirada del padre bastaba para congelar una presunta actitud fuera de norma. Las acciones consideradas indecorosas merecían castigos físicos o privaciones de distintos gustos de los chicos. La libertad se iba otorgando gradualmente, conforme a la responsabilidad que el niño fuera adquiriendo. La consigna era rigor, mucho rigor, porque el chico podría "escapársele de las manos". La madre cargaba con la mayor parte porque se consideraba que ésa era su tarea específica. A partir de la década del sesenta, y por acción de algunas teorías psicologistas nacidas en los Estados Unidos, el péndulo giró hacia el lado opuesto. Nada de rigideces que pudieran afectar los desenvolvimientos futuros de los chicos. Pegar una cachetada podía traer un trauma de por vida. Negar permisos para determinadas cosas coartaba el desarrollo de la persona. Fue la época de la libertad total. Se podía hacer cualquier cosa o hablar sobre cualquier tema. No preocupaba si el niño tenía responsabilidad para ello o si estaba preparado para asimilar determinados conceptos en los diálogos. Ya se daría cuenta por sí mismo. De alguna manera, la sociedad se iba a encargar de "socializarlos". Los castigos desaparecieron y con ellos las exigencias de todo tipo. Los padres comenzaron a estar ausentes en lo que a educar se refiere. Parecía que su acción era un estorbo para el desarrollo del niño. Además, los medios de comunicación le trajeron otros "modelos" (con muy poco de modélicos) que desalojaron en gran medida al padre en su rol de paradigma por seguir. Deportistas, artistas del cine o de la TV, cantantes de rock o de otras melodías cambiaron las costumbres de millones de jóvenes en el mundo. Pero en los años ochenta esta teoría se derrumbó ante el arrepentimiento de muchos de los que la impulsaron. La experiencia no había sido buena: producía chicos débiles, faltos de convicciones, proclives a la droga u otros escapismos, con poco aprecio del ámbito familiar y nulo diálogo con sus padres, rebeldes con causa o sin ella, poco aptos para la asunción de responsabilidades importantes. En otras palabras, no fomentaba el pleno desarrollo de la persona. Esta postura murió por el fracaso de los resultados, no por el advenimiento de una nueva teoría. Y ésa posiblemente sea la causa del desconcierto actual. Se ven dos extremos del péndulo no apropiados, con aspectos positivos y negativos en ambos, pero no se encuentra la nueva teoría integradora que oriente a los padres en el comienzo del nuevo milenio.

No hay recetas

Si bien pienso que no hay recetas a la hora de educar, porque las personas son distintas, únicas e irrepetibles; que cada caso es cada caso, y lo que puede ser adecuado para un chico no lo es para otro, se podría intentar la búsqueda de la solución si antes exploramos qué es educar. Si reducimos la apasionante labor educativa de un padre a que el niño o la niña sepa desenvolverse con corrección en la mesa, no se meta los dedos en la nariz y no diga malas palabras, estaríamos ante un grave error. También incurriríamos en un desacierto si pensamos que educar es incorporarle conocimientos de arte, que sepa tocar el piano, computación, inglés... Tampoco se trata de que aprenda a respetar las leyes, no moleste a nadie y tenga bien asumido que su derecho comienza donde termina el del otro. Es todo esto y mucho más. O mejor dicho, éstas serán las consecuencias de ir a las causas, que son más profundas. Educar, etimológicamente, es sacar lo mejor que el otro lleva adentro y eso se traduce en desarrollar sus virtudes humanas. Muchos padres quieren saber cómo pueden lograr que su hija sea más generosa, laboriosa, alegre, recia, solidaria, leal (etc., etc.), pero no saben cómo hacerlo. Más aún, otros piensan que las virtudes no se educan. Que uno las tiene o no las tiene. Si no le tocó en suerte en el reparto, no hay nada que hacer. Las virtudes no son un número de lotería, sino hábitos buenos que va incorporando la persona a lo largo de su vida. Y esos hábitos se obtienen por repetición de actos. A eso nos referimos cuando hablamos de desarrollo personal. Del mismo modo que los hábitos malos producen vicios. Un chico que se "acostumbró" a decir la verdad (que incorporó hábitos de sinceridad), cuando se encuentre ante una disyuntiva optará por contar las cosas tal cual ocurrieron, aunque ello le traiga aparejadas consecuencias negativas. En cambio, el mentiroso probablemente seguirá con el efecto inercial de sus mentiras, más aún si decir la verdad le puede ocasionar un perjuicio. De allí que la educación de los hijos consiste en provocar en ellos la realización de actos buenos orientados a aquellas virtudes que tienen menos desarrolladas o que les cuestan más, para que se conviertan en hábitos de conducta. Pongamos por caso una virtud hoy tan dejada de lado por el furor consumista: la templanza. Tiene la virtud de la templanza aquel que es capaz de estar desprendido de las cosas materiales. Que no está esclavizado por ellas hasta el punto que cuando no obtiene lo que quiere es como si el mundo se viniera abajo: le cambia el humor, tiene problemas con los que están cerca, envidia a quienes poseen lo que él no logra... Nuestros hijos tendrán esta virtud si no les damos siempre lo que piden, si les compramos la remera que necesitan pero no con la marca de moda que pidieron porque cuesta el doble, si les enseñamos a prestar sus juguetes o a regalar alguno de los tantos que tienen en beneficio de otros que no tienen ninguno, si los inducimos a cuidar sus pertenencias porque si las descuidan no serán repuestas... Y para que entiendan el porqué de estas cuestiones habrá que explicar, más de una vez, las razones que nos llevan a obrar así. Todas nuestras acciones educativas deben estar inmersas en el ingrediente fundamental con el cual todo es posible: el amor. Hacemos todo esto porque queremos a nuestros hijos y, por lo tanto, procuramos su bien. Ese amor es el que lleva a decir que no al deseo innecesario del niño que quiere el nuevo juguete promocionado por la televisión, que después de una semana -ya harto- dejará arrinconado en su ropero, o a la hija que pretende ir a una discoteca cuando no tiene edad para ello. Hay que asumir que si estamos dis-puestos a educar en serio, tendremos que pasar algunos malos ratos. A ningún padre le hace gracia el llanto de una hija o que el hijo sienta que es incomprendido. Pero a veces, porque vemos más lejos, no hay más remedio que hacerlo. Educamos no para regodearnos de obtener un superniño o un niño precoz que hace cosas de grandes. Educamos para que, habiendo incorporado las virtudes humanas, sean capaces de desarrollar su personalidad a fondo. Porque los queremos felices. El problema es que en esta labor los resultados se ven con el tiempo. No es como en la química, donde la reacción se materializa al menor impulso. Aquí hay que intentar una y otra vez, insistir, y empezar de nuevo si fuere necesario.

Otro ingrediente clave
El segundo ingrediente fundamental es que todo aquello que pretendemos en nuestros hijos debemos luchar por adquirirlo nosotros primero. Es poco probable que un padre logre inculcar el orden en sus hijos si él es un desordenado. La educación entra más por los ojos que por los oídos. Por mucho que hablemos de las ventajas que implica la laboriosidad, el trabajo bien hecho y con gusto, la labor realizada con la mayor perfección humana y con actitud de servicio a los demás, si en nuestra vida personal somos unos vagos, vamos a trabajar con cara de lunes, decimos insistentemente que no nos gusta lo que hacemos o contamos lo piola que somos zafando de las peores tareas en perjuicio de los demás, seremos incapaces de transmitir el valor del trabajo. Sólo educaremos de verdad si procuramos que nuestros hijos se formen en las virtudes humanas. Esta es la apuesta fuerte, trabajosa pero apasionante, difícil pero posible. La que aporta seguridad a nuestra labor como educadores. Si este esfuerzo lo realizamos con mucho amor y mostrán-doles, con nuestro ejemplo, que nosotros somos también protagonistas en la lucha por ser mejores personas, con el tiempo veremos hijos fuertes, maduros, felices, sin miedo a la vida. ¿Se puede pedir más en este mundo?
la generosidad es un acto desinteresado de la voluntad por el cual una persona se esfuerza en dar algo de sí misma con el fin de cubrir la necesidad de otro buscando su bien. La generosidad se enseña con el ejemplo, la constancia y la alegría, con el esfuerzo por mejorar, con delicadeza y amor.
Es una virtud que se vive y uno no sabe cuándo la está enseñando. Es bueno que periódicamente nos preguntemos cómo la vivimos